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05-06-2026

Sergio Poli, el violinista tripero que tocó con Los Redondos

El músico platense, hincha de Gimnasia, fue parte de una de las etapas más recordadas de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Una historia que une música, pasión y una experiencia única desde arriba del escenario.

Hay historias que parecen imposibles de imaginar hasta que alguien las cuenta en primera persona. La de Sergio Poli es una de ellas: un músico ligado al jazz, el tango y la música académica que terminó formando parte de la historia de Los Redondos.

Tripero y artista, Poli fue convocado por Skay Beilinson y el Indio Solari para sumar su violín en “Espejismo”, en una época donde la banda comenzaba a transformarse en un fenómeno masivo. Desde aquel llamado inesperado hasta una noche inolvidable en Huracán, quedó marcado por una experiencia que todavía emociona. A continuación, un texto imperdible en el que Poli cuenta su experiencia.

 



“Hola, Poli; te habla Poli. Te llamo de parte de los Redondos. Necesitaría hablar con vos…”

Fue raro llegar de la calle y encontrar ese mensaje en la cinta de mi contestador. Me gustaban los Redondos, si, y mucho. Pero no era yo un tipo vinculado al rock; lo mío venía más bien por el lado de la música académica, el tango o el jazz.

Después, todo sería muy vertiginoso. Llamar, coordinar, pasar por la casona de Palermo de Skay y Poli.

Café de por medio, charla distendida, pregunté cómo habían llegado a pensar en mí. Poli me cuenta que Skay ya me había visto unos años antes. A mediados de los ochenta solíamos ir con un cuarteto de jazz, Cordal Swing, a tocar por las calles de Villa Gessell. Alguna de esas noches, vaya uno a saber en qué bar, cayeron Poli y Skay, nos escucharon, estuvimos bebiendo unas cervezas (ellos se ocuparon prolijamente de no decirme quiénes eran, y promediando los 80 sus rostros no eran tan conocidos), y se fueron esa noche con la idea de, alguna vez, meter mi violín en algún tema de los Redondos.

El encuentro fue en el cálido ambiente del Estudio Del Cielito, con Mario Breuer detrás de la consola.

Presentaciones, me explican cuál es la idea, me muestran Espejismo, el tema elegido. Skay me pasa los acordes, me hacen escuchar lo grabado hasta allí, sin la voz; el Indio me canturrea la melodía, y así voy dando forma al solo de violín. Fueron varias horas trabajando. La seriedad con que se tomaron esos pocos segundos de música explica un poco por qué esa banda sonaba como sonaba.

Unos meses después, un ensayo y a Huracán.

Mi primer acercamiento a la fiesta ricotera fue a la mañana, muy temprano, cuando llegué al Tomás Ducó para la prueba de sonido. A esa hora ya había gente dando vueltas en torno al estadio, esperando por una apertura de puertas para la que faltaban aún muchas horas.

Fue una larga prueba de sonido, y más larga aún la espera en camarines, sintiendo cómo se iba armando la cosa afuera; y adentro, todo lo que estuviera a mano para pasar el tiempo: largas charlas, largas zapadas; ahí pude despuntar mi otro amor, la fotografía, y retratar esa cocina, inaccesible para la mayoría.

El impacto de ver la fiesta ricotera desde el escenario es difícil de imaginar hasta que uno no está allí. La electricidad percibida entre el escenario y el público es algo inolvidable.

Cuando salieron, con el Rock para el Negro Atila, el estadio se vino abajo. Son muchos los años, la memoria no ayuda, pero sí recuerdo que, dado que Lobo Suelto, Cordero Atado era un álbum doble, presentaron un disco cada noche, intercalando viejas glorias ricoteras. La banda era una topadora y la sinergia entre lo que ocurría en el campo y en las tribunas era perfecta. Era conmovedor ver ese clima que generaban.

El disco había sido lanzado hacía una semana. “Nosotros estamos acostumbrados a que la gente cante y disimule un poco mi voz. Pero eso, esta vez, no va a pasar”, había dicho el Indio a una radio dos semanas ante del show; y sin embargo las huestes cantaban las letras de punta a punta, tanto de las canciones viejas como de las nuevas (algo parecido comprobaría yo en carne propia, minutos más tarde, cuando fuera el turno de mi solo en Espejismo). 

Habían previsto una tarima bastante alta, desde la que hacían los coros Déborah Dixon y Mona Fraiman, de las Blacanblus. A esa tarima me subí al comenzar la segunda parte para tocar Espejismo.

Por costumbre, toco con los ojos cerrados, dejándome envolver por la música. Pero a poco de andar empecé a percibir que algo estaba pasando. Entonces abrí los ojos y pude verlo todo. 

Abajo, a mi derecha, Skay mirándome desde su guitarra; el Indio,  los codos apoyados en la tarima, escuchando. Y el mar de lucecitas, los miles de encendedores, y la gente coreando las líneas del violín…

Ya muy tarde salimos con el Conejo Jolivet (que también había tocado esa noche) por Colonia rumbo a Caseros, buscando un taxi en la noche, tarea nada fácil. Todavía quedaban muchos rezagados, vagando por las calles, disfrutando lo que iba quedando de la fiesta, tal vez preparándose para volver al día siguiente, al segundo show.

Sólo me queda agradecerle a la vida el haberme regalado momentos como ese (que se repetiría al año siguiente), que me permitieron vivir, aunque sea medio de perfil, la fiesta desatada por ese monstruo llamado Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Sergio Poli: participó como violinista de Los Redondos en los shows de Huracán en los años 1993/1994.


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