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27-04-2026

El viejo Lobo y el silencio de la tribuna

Mientras Gimnasia exista y un hincha levante la voz en el Bosque, mi viejo y yo estaremos allí, juntos, para toda la eternidad. Nota de Marcela De Francesco en el 102° Aniversario del Bosque.

La muerte de un padre siempre deja un hueco, un silencio denso que se instala en el alma y, para mí, se hizo eco en el lugar más sagrado y ruidoso de su vida: el Bosque de Gimnasia y Esgrima La Plata. Mi papá, tripero hasta la médula, nos había enseñado que la vida se medía en campeonatos, ascensos, tristezas y la eterna fe del Basurero.

E
l diagnóstico fue un fuera de juego inesperado, de esos que duelen. Él luchó con la misma garra que les exigía a los muchachos en cada clásico, pero el partido —ese último y crucial— terminó antes de que yo pudiera gritarle un: “¡Dale, papá, un esfuerzo más!”. Se fue un martes de calor, lejos del estruendo de la tribuna, y la primera sensación no fue solo dolor, sino un desconcierto profundo: ¿Cómo iba a ser la cancha sin él?

El ritual de los domingos era sagrado. Desde que tengo memoria, caminábamos juntos por la avenida 60, con el olor a choripán flotando en el aire y el murmullo de la multitud creciendo hasta convertirse en el rugido ensordecedor de “Dale Lobo, dale”. Por eso, el primer partido al que fui sola tras su partida fue una tortura. Su lugar a mi lado estaba vacío; no había nadie con quien discutir el último pase errado o celebrar el amague de un delantero. Los cánticos sonaban huecos, como si mi audición se hubiera centrado solo en la ausencia de su voz grave y ronca. En lugar de mirar el césped, mis ojos se iban a ese tablón, esperando verlo llegar, fumando y puteando.

Sin embargo, la tristeza se transformó en una melancolía dulce al entender que la cancha no estaba vacía: su presencia estaba dispersa en cada rincón. La superación de la muerte de un padre no es una línea de llegada, sino un campo de juego que uno aprende a transitar.

El camino me lo marcó un día de clásico. Un niño a mi lado, que no levantaba más de un metro del suelo, comenzó a cantar con una pasión desmedida. Cerré los ojos y escuché la misma voz, el mismo fervor que había conocido toda mi vida. Mi papá no se había ido; se había multiplicado. Estaba en el aliento de ese niño, en la bandera que se agitaba y en mi propio corazón, que latía con el ritmo del bombo de La 22.

A partir de ahí, empecé a llevar su camiseta. Dejé de mirar el asiento vacío para mirar el campo, tal como él me había enseñado. Descubrí que el duelo consiste en transformar el amor que ya no se puede dar en el afecto que uno puede honrar. Ahora, cuando grito un gol, no lo grito sola; lo grito por los dos. Y cuando Gimnasia empata un partido que parecía perdido, sé que él está allá arriba, en la platea más alta del cielo, silbando con su bronca cariñosa de siempre.

L
a muerte nos quitó su físico, pero la pasión por el club de mis amores nos devolvió su espíritu. El camino de la superación encontró su punto de anclaje el día que supe dónde descansaría: no en un frío nicho de mármol, sino en la tierra viva, bajo la atmósfera hirviente de pasión. Sus cenizas no se esparcieron, sino que se integraron al Bosque. El dolor del tablón vacío se transformó en una paz inmensa al entender que mi viejo ya no estaba en la tribuna, sino en el mismísimo campo de juego, en el aire y en el polvo que se levanta con cada pique. Su corazón de Lobo ahora es parte de la biología del club.

“¿Sabés dónde está el mejor lugar del mundo? Donde la gente de Gimnasia te recuerda gritando”.

Ahora, cada vez que camino por la Avenida 60 y entro al bosque, doy paso a la tierra batida, no voy a un partido: voy a visitarlo. Pisar el estadio es como rozar su tumba, una tumba que ruge con miles de voces. Cuando el equipo sale a la cancha y la multitud estalla, el grito ya no es solo por los once que visten la camiseta; es un saludo a la memoria que duerme bajo el césped.

Mi papá logró lo que todo hincha anhela: asistir al partido final y quedarse en él para siempre. El aroma a pasto cortado es su perfume. El trueno de la lluvia sobre la tribuna es su voz. La fe irracional en un gol de último minuto es su espíritu eterno. Él es la raíz, la semilla que germina bajo el escudo. Mientras Gimnasia exista y un hincha levante la voz en el Bosque, mi viejo y yo estaremos allí, juntos, para toda la eternidad.

Marcela De Francesco


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