Fútbol
22/01/2019
Motor
A más de un mes de la histórica final de Copa Argentina que protagonizaron Gimnasia y Rosario Central, compartimos un relato imperdible de uno de nuestros lectores, donde se deja muy en claro el sentimiento gimnasista.
—Es ahora, tía. Bajá y cabeceá. Es ahora, ahora. Por favor, tía. Es ahora.
El hombre miró al cielo oscuro y se olvidó por un segundo el agite de varios pares de brazos a su alrededor. Pensó en «si lo deseás lo atraés», una frase que había leído el día anterior en una pared mendocina. Ignoró que a su alrededor se invocaban a otros cientos de muertos. Confío en el suyo. En la suya.
Cuando retornó su mirada del cielo vio a su derecha que un joven se mordía cuatro dedos de su mano. A la izquierda una anciana hacía cuernitos con su mano, y detrás de él un hombre se tapaba el rostro completo y su mentón apuntaba al escalón. «Vamos Lobito, vamos», decía una muchacha con su campera azul y abrazaba a su pareja por la espalda.
Su amigo le había hablado de lo que sabía del mito del Sísifo tras leer a Camus. El rey de Corinto había sido condenado eternamente a empujar una piedra hasta la cumbre de una montaña, donde volvía a caer por su peso hacia la ubicación inicial. «¿Y nosotros, qué te pensás que estamos haciendo?», le dijo por la tarde tras tomar un trago de birra, inclinando el mentón hacia su pecho, tomando el escudo con dos dedos y estirando su camiseta hacia el hombre.
La pelota trazó su parábola de derecha a izquierda en la visión de todos los hinchas que estaban en la popular visitante del estadio Malvinas. Logró su pico máximo a mitad de camino, entre el ángulo del córner y el área grande, y fue notable cómo desde allí comenzó a descender rápida y anormalmente llegando al punto de penal.
Un pelado de 38 años que jugaba de delantero se elevó entrando al área. A la distancia pareció que todas las luces del estadio posaran sobre su calvicie. Conectó su cabeza con el balón pero el tiro salió al medio del arco, facilitando la llegada del buen arquero que sacó la pelota pegándole un guantazo. «La puta que me parió, ¿cómo no entró esa?», le preguntó un treintañero de rulos a su amigo mirándolo a los ojos y zarandeándolo del hombro.
El hombre se agachó por unos segundos y apoyó los brazos sobre sus rodillas. «Casi, tía. Sé que estás ahí. Hacelo vos, por favor. Es ahora tía».
El ambiente exorbitado por los cantos se escuchaba lejano. Sólo había piernas saltando en la perspectiva del hombre. Pensó que esta vez se tenía que dar, que había demasiada buena energía, que el equipo iba al frente y que tenía que ser un final de cuentos.
¿Qué depositaba este hombre en Gimnasia? ¿Qué esperaba de él? ¿Por qué lo disfrutaba y por qué lo padecía? ¿Por qué se trasladó mil ciento treinta kilómetros un día de semana laboral? ¿Cómo tantas personas adelantaron sus vacaciones y cambiaron su destino turístico por un partido? ¿Cómo otras que no les alcanzaba siquiera para unas vacaciones, terminaron llegando como pudieron bajo el argumento de lo buscado e impostergable, del «hay que estar»? ¿Qué construcciones se generan en una ciudad para que doscientos colectivos partan en fila india en busca de quién sabe qué? ¿Por qué llora, sufre, se abraza y ríe la gente en un estadio de fútbol? ¿Por qué sienten, por qué son tan libres sobre el cemento?
Cuando se levantó, contempló al defensor de Central mientras metía el cuarto y último penal para sellar la tanda y la copa. Miró el horizonte, los saltos y abrazos en la popular de enfrente. La gente aplaudía y gritaba a su alrededor. «¿Cuándo me lo vas a regalar, cuándo?», dijo un hombre de barba que llevaba un gorro pescador con el escudo de Gimnasia, y comenzó a llorar mirando al cielo.
—Perdón, tía. Yo sé que hay cosas más importantes. Lo sé, pero vos tenés que saber también —dijo internamente mientras atravesaba la boca de salida izquierda de la tribuna.
Comenzó a caminar por el playón y se encontró con un cuarentón que lloraba sentado solitariamente en una de las escaleras, mientras una mujer se agachaba para hablarle. Volvió caminando cabizbajo por el pasillo de ingreso al estadio, entre la oscuridad y los ruidos artificiales que se escuchaban detrás.
En lo cercano sólo se oían pasos silenciosos, el crujir de una lata de cerveza y algunos gritos aislados que decían «Vamos, Gimnasia». Un viejo lo abrazó pasando una mano por su espalda y tomándolo de su bíceps derecho.
—No te lo tomes tan así, pancho. Estamos acá. Estamos vivos.
Lo palmeó por la cintura pero no respondió. El mismo camino que estaba realizando lo había transitado cuatro horas antes en sentido contrario y todo era una fiesta. Pensó que todos esos caminantes eran parte del club que más deseó todo y menos lo atrajo. Leyó la frase «No ignores la belleza de este mundo extraño» en el torso de un buzo blanco de un hombre motorizado.
Llegó con sus pies muertos al colectivo tras el peregrinaje. Se subió y no dijo nada hasta la mañana siguiente, cuando el sol acosaba y el transporte se detuvo abruptamente. Iban a necesitar un auxilio. Las personas se empezaron a bajar porque el calor era insoportable. Se escuchó un insulto al aire.
Uno de los hinchas pidió abrir el baúl lateral y buscó su bolso. Sacó una pelota que luego tiró a los yuyos. Un pibe con la camiseta suplente fue a buscar buzos, acompañado de otro joven con una musculosa deportiva. Se alejaron unos veinte metros de la ruta y armaron dos arcos.
Ocho pasajeros se ubicaron en cada lado de la cancha. Todos llevaban ropa azul y blanca, lo que hacía difícil la distinción entre pares. El partido comenzó friccionado debido al largo recorrido que fatigó a la mayoría de las piernas. Algunas mujeres se acercaron y formaron parte de los equipos y otras prefirieron alentar desde afuera y filmar el encuentro.
Un viejo canoso parecía dirigir a uno de los conjuntos desde afuera, ordenando al equipo con diversas indicaciones. Estaba conforme con sus dirigidos hasta que llegó la amenaza del rival. Un flaco con sus incómodos pescadores se escapó por la banda derecha tras un pelotazo que parecía perdido. El pibe levantó la cabeza contra todo pronóstico y echó un centro atrás al ras del suelo, para el ingreso de un pelado de unos treinta y ocho años que pateó la pelota como pudo, mientras se caía súbita y estrepitosamente al suelo.
El arquero improvisado se sorprendió con el efecto de la pelota, que picó sobre una mata y complicó su intención de parar el balón con el empeine. El balón cruzaba esa línea imaginaria entre los dos buzos cuando el pelado apoyó sus palmas sobre la tierra y tomó impulso.
Allí fue sorprendente cómo el compañero de ataque, un raquítico hombre de unos treinta años, se le abalanzó al pelado frenéticamente como en un try de rugby y lo derribó justo cuando éste parecía estabilizar su pesado cuerpo. A unos cuatro metros se acercó corriendo el wing derecho para tirarse sobre ellos. Los defensores salieron de su zona de confort, atravesaron la cancha y generaron una montaña sobre el pelado herido.
Un jugador del equipo rival, que hasta entonces tenía sus brazos en jarra, se cansó de mirar la situación y decidió sumarse a la cima de los cuerpos entrelazados. El pelado gritó que se había acalambrado, pero a nadie le preocupó su queja. El arquero dejó de sentir vergüenza por su ridículo error, empezó a gritar «¡Golazo, pelado, golazo!» y corrió para aportar su abrazo. El viejo canoso invadió el terreno para sumarse al festejo del equipo rival. Los quince jugadores asfixiaban al pelado, y quienes filmaban el encuentro dejaron de hacerlo para correr esos veinte metros que lo separaban de la montaña humana.
Cuando ésta se desplomó, el pelado se levantó como pudo y comenzó a gritar y saltar junto al resto: «¡Lobo, mi buen amigo, esta campaña volveremo a estar contigo!». Unos quince minutos pasaron hasta que todos juntos se acercaron a la ruta para empujar al colectivo y continuar el viaje. Empujaron, una y otra vez, ante los ronquidos del transporte. Y el motor arrancó, como siempre.
Matías Reyero
El hombre miró al cielo oscuro y se olvidó por un segundo el agite de varios pares de brazos a su alrededor. Pensó en «si lo deseás lo atraés», una frase que había leído el día anterior en una pared mendocina. Ignoró que a su alrededor se invocaban a otros cientos de muertos. Confío en el suyo. En la suya.
Cuando retornó su mirada del cielo vio a su derecha que un joven se mordía cuatro dedos de su mano. A la izquierda una anciana hacía cuernitos con su mano, y detrás de él un hombre se tapaba el rostro completo y su mentón apuntaba al escalón. «Vamos Lobito, vamos», decía una muchacha con su campera azul y abrazaba a su pareja por la espalda.
Su amigo le había hablado de lo que sabía del mito del Sísifo tras leer a Camus. El rey de Corinto había sido condenado eternamente a empujar una piedra hasta la cumbre de una montaña, donde volvía a caer por su peso hacia la ubicación inicial. «¿Y nosotros, qué te pensás que estamos haciendo?», le dijo por la tarde tras tomar un trago de birra, inclinando el mentón hacia su pecho, tomando el escudo con dos dedos y estirando su camiseta hacia el hombre.
La pelota trazó su parábola de derecha a izquierda en la visión de todos los hinchas que estaban en la popular visitante del estadio Malvinas. Logró su pico máximo a mitad de camino, entre el ángulo del córner y el área grande, y fue notable cómo desde allí comenzó a descender rápida y anormalmente llegando al punto de penal.
Un pelado de 38 años que jugaba de delantero se elevó entrando al área. A la distancia pareció que todas las luces del estadio posaran sobre su calvicie. Conectó su cabeza con el balón pero el tiro salió al medio del arco, facilitando la llegada del buen arquero que sacó la pelota pegándole un guantazo. «La puta que me parió, ¿cómo no entró esa?», le preguntó un treintañero de rulos a su amigo mirándolo a los ojos y zarandeándolo del hombro.
El hombre se agachó por unos segundos y apoyó los brazos sobre sus rodillas. «Casi, tía. Sé que estás ahí. Hacelo vos, por favor. Es ahora tía».
El ambiente exorbitado por los cantos se escuchaba lejano. Sólo había piernas saltando en la perspectiva del hombre. Pensó que esta vez se tenía que dar, que había demasiada buena energía, que el equipo iba al frente y que tenía que ser un final de cuentos.
¿Qué depositaba este hombre en Gimnasia? ¿Qué esperaba de él? ¿Por qué lo disfrutaba y por qué lo padecía? ¿Por qué se trasladó mil ciento treinta kilómetros un día de semana laboral? ¿Cómo tantas personas adelantaron sus vacaciones y cambiaron su destino turístico por un partido? ¿Cómo otras que no les alcanzaba siquiera para unas vacaciones, terminaron llegando como pudieron bajo el argumento de lo buscado e impostergable, del «hay que estar»? ¿Qué construcciones se generan en una ciudad para que doscientos colectivos partan en fila india en busca de quién sabe qué? ¿Por qué llora, sufre, se abraza y ríe la gente en un estadio de fútbol? ¿Por qué sienten, por qué son tan libres sobre el cemento?
Cuando se levantó, contempló al defensor de Central mientras metía el cuarto y último penal para sellar la tanda y la copa. Miró el horizonte, los saltos y abrazos en la popular de enfrente. La gente aplaudía y gritaba a su alrededor. «¿Cuándo me lo vas a regalar, cuándo?», dijo un hombre de barba que llevaba un gorro pescador con el escudo de Gimnasia, y comenzó a llorar mirando al cielo.
—Perdón, tía. Yo sé que hay cosas más importantes. Lo sé, pero vos tenés que saber también —dijo internamente mientras atravesaba la boca de salida izquierda de la tribuna.
Comenzó a caminar por el playón y se encontró con un cuarentón que lloraba sentado solitariamente en una de las escaleras, mientras una mujer se agachaba para hablarle. Volvió caminando cabizbajo por el pasillo de ingreso al estadio, entre la oscuridad y los ruidos artificiales que se escuchaban detrás.
En lo cercano sólo se oían pasos silenciosos, el crujir de una lata de cerveza y algunos gritos aislados que decían «Vamos, Gimnasia». Un viejo lo abrazó pasando una mano por su espalda y tomándolo de su bíceps derecho.
—No te lo tomes tan así, pancho. Estamos acá. Estamos vivos.
Lo palmeó por la cintura pero no respondió. El mismo camino que estaba realizando lo había transitado cuatro horas antes en sentido contrario y todo era una fiesta. Pensó que todos esos caminantes eran parte del club que más deseó todo y menos lo atrajo. Leyó la frase «No ignores la belleza de este mundo extraño» en el torso de un buzo blanco de un hombre motorizado.
Llegó con sus pies muertos al colectivo tras el peregrinaje. Se subió y no dijo nada hasta la mañana siguiente, cuando el sol acosaba y el transporte se detuvo abruptamente. Iban a necesitar un auxilio. Las personas se empezaron a bajar porque el calor era insoportable. Se escuchó un insulto al aire.
Uno de los hinchas pidió abrir el baúl lateral y buscó su bolso. Sacó una pelota que luego tiró a los yuyos. Un pibe con la camiseta suplente fue a buscar buzos, acompañado de otro joven con una musculosa deportiva. Se alejaron unos veinte metros de la ruta y armaron dos arcos.
Ocho pasajeros se ubicaron en cada lado de la cancha. Todos llevaban ropa azul y blanca, lo que hacía difícil la distinción entre pares. El partido comenzó friccionado debido al largo recorrido que fatigó a la mayoría de las piernas. Algunas mujeres se acercaron y formaron parte de los equipos y otras prefirieron alentar desde afuera y filmar el encuentro.
Un viejo canoso parecía dirigir a uno de los conjuntos desde afuera, ordenando al equipo con diversas indicaciones. Estaba conforme con sus dirigidos hasta que llegó la amenaza del rival. Un flaco con sus incómodos pescadores se escapó por la banda derecha tras un pelotazo que parecía perdido. El pibe levantó la cabeza contra todo pronóstico y echó un centro atrás al ras del suelo, para el ingreso de un pelado de unos treinta y ocho años que pateó la pelota como pudo, mientras se caía súbita y estrepitosamente al suelo.
El arquero improvisado se sorprendió con el efecto de la pelota, que picó sobre una mata y complicó su intención de parar el balón con el empeine. El balón cruzaba esa línea imaginaria entre los dos buzos cuando el pelado apoyó sus palmas sobre la tierra y tomó impulso.
Allí fue sorprendente cómo el compañero de ataque, un raquítico hombre de unos treinta años, se le abalanzó al pelado frenéticamente como en un try de rugby y lo derribó justo cuando éste parecía estabilizar su pesado cuerpo. A unos cuatro metros se acercó corriendo el wing derecho para tirarse sobre ellos. Los defensores salieron de su zona de confort, atravesaron la cancha y generaron una montaña sobre el pelado herido.
Un jugador del equipo rival, que hasta entonces tenía sus brazos en jarra, se cansó de mirar la situación y decidió sumarse a la cima de los cuerpos entrelazados. El pelado gritó que se había acalambrado, pero a nadie le preocupó su queja. El arquero dejó de sentir vergüenza por su ridículo error, empezó a gritar «¡Golazo, pelado, golazo!» y corrió para aportar su abrazo. El viejo canoso invadió el terreno para sumarse al festejo del equipo rival. Los quince jugadores asfixiaban al pelado, y quienes filmaban el encuentro dejaron de hacerlo para correr esos veinte metros que lo separaban de la montaña humana.
Cuando ésta se desplomó, el pelado se levantó como pudo y comenzó a gritar y saltar junto al resto: «¡Lobo, mi buen amigo, esta campaña volveremo a estar contigo!». Unos quince minutos pasaron hasta que todos juntos se acercaron a la ruta para empujar al colectivo y continuar el viaje. Empujaron, una y otra vez, ante los ronquidos del transporte. Y el motor arrancó, como siempre.
Matías Reyero