Fútbol
11/03/2016
ATRAPANDO EL TIEMPO
La pequeña historia, lo cotidiano e invisible que quedó en el trasfondo de algún clásico platense, en los relatos de Damián Ruffo y Marcelo Marquihossi.
En un intento de atrapar el tiempo en la cotidianeidad de un clásico platense, descubrir esos hechos comunes que quedan en el trasfondo de un vibrante partido de fútbol que marca a una ciudad entera, sacar a la luz la pequeña historia que puede contar muchas y representar a la vida de unos cuantos, decidimos abrir la sección de Recuerdos Clásicos, para mostrar la maravilla minúscula pero a veces invisible que rodea a un partido de fútbol, por fuera del resultado y la estadística.
Quedan en la memoria las hazañas con inferioridad numérica, el grito desaforado en tiempo de descuento, los goles de uruguayos, las fugas por la ventana sin aprobación para llegar al estadio, los partidos terminados antes de tiempo, el primer clásico en la cancha con seis o 10 años, el Gallego Rosl besándose la camiseta en un giro interminable en cancha visitante después de una remontada en los 60, el tiro libre de Perdomo que hizo mover el sismógrafo, el despliegue de banderas en terreno ajeno y esa predilección de foráneos que nació por venir a estudiar a La Plata.
Pero las crónicas que resaltan un Gimnasia – Estudiantes son aquellas que subyacen a la apariencia externa. Corría abril del año 2000 cuando el equipo tripero visitaba 1 y 57 y Damián Ruffo cubría periodísticamente al Lobo para un programa deportivo, donde lo mandaron a compartir platea con los simpatizantes albirojos, frente a la techada que daba a 115.El equipo de Gregorio Pérez perdía 1-0, Damián hacía miles de viajes al baño y charlaba con el vendedor de choripanes. Mientras veía como los hinchas insultaban a Sergio Catán y compañía, Facundo Sava hacía el empate y a los cinco minutos era expulsado.
Se comía las uñas y a los 27 minutos el Tornado Diego Alonso de cabeza lo dio vuelta. Damián, con 18 años, festejaba en su propia platea de madera mientras contemplaba la locura de la gloriosa 22. ¿Cómo terminó todo? En zona de camarines realizando notas con Mariano Messera, quien lo subió al micro antes de salir de la cancha, grabando todo el festejo del plantel. “Fue tocar el cielo con las manos y un recuerdo imborrable”, dice.
Unos meses antes, en el verano, el Lobo jugaba su clásico de manera amistosa en el José María Minella de Mar del Plata, mientras en La Plata, Valentina –recién nacida- estaba internada con respirador artificial, muy grave. Su padre, Marcelo Marquihossi, le hizo llegar una carta al pelado Diego Alonso a Estancia Chica pidiéndole un favor, por una intuición, por olfato de que el uruguayo iba a tener protagonismo.
Por la noche, desde el hospital pudo ver como en los dos goles que el “Tornado” le hacía a Estudiantes, se levantaba su camiseta y leía la inscripción en la remera de abajo: “Fuerza Valentina”. Como corolario, tres meses después de lo que fue derrota 3-2, con la pequeña de alta, el Lobo ganaba el clásico de visitante con gol del propio Alonso, 2-1.
Quedan en la memoria las hazañas con inferioridad numérica, el grito desaforado en tiempo de descuento, los goles de uruguayos, las fugas por la ventana sin aprobación para llegar al estadio, los partidos terminados antes de tiempo, el primer clásico en la cancha con seis o 10 años, el Gallego Rosl besándose la camiseta en un giro interminable en cancha visitante después de una remontada en los 60, el tiro libre de Perdomo que hizo mover el sismógrafo, el despliegue de banderas en terreno ajeno y esa predilección de foráneos que nació por venir a estudiar a La Plata.
Pero las crónicas que resaltan un Gimnasia – Estudiantes son aquellas que subyacen a la apariencia externa. Corría abril del año 2000 cuando el equipo tripero visitaba 1 y 57 y Damián Ruffo cubría periodísticamente al Lobo para un programa deportivo, donde lo mandaron a compartir platea con los simpatizantes albirojos, frente a la techada que daba a 115.El equipo de Gregorio Pérez perdía 1-0, Damián hacía miles de viajes al baño y charlaba con el vendedor de choripanes. Mientras veía como los hinchas insultaban a Sergio Catán y compañía, Facundo Sava hacía el empate y a los cinco minutos era expulsado.
Se comía las uñas y a los 27 minutos el Tornado Diego Alonso de cabeza lo dio vuelta. Damián, con 18 años, festejaba en su propia platea de madera mientras contemplaba la locura de la gloriosa 22. ¿Cómo terminó todo? En zona de camarines realizando notas con Mariano Messera, quien lo subió al micro antes de salir de la cancha, grabando todo el festejo del plantel. “Fue tocar el cielo con las manos y un recuerdo imborrable”, dice.
Unos meses antes, en el verano, el Lobo jugaba su clásico de manera amistosa en el José María Minella de Mar del Plata, mientras en La Plata, Valentina –recién nacida- estaba internada con respirador artificial, muy grave. Su padre, Marcelo Marquihossi, le hizo llegar una carta al pelado Diego Alonso a Estancia Chica pidiéndole un favor, por una intuición, por olfato de que el uruguayo iba a tener protagonismo.
Por la noche, desde el hospital pudo ver como en los dos goles que el “Tornado” le hacía a Estudiantes, se levantaba su camiseta y leía la inscripción en la remera de abajo: “Fuerza Valentina”. Como corolario, tres meses después de lo que fue derrota 3-2, con la pequeña de alta, el Lobo ganaba el clásico de visitante con gol del propio Alonso, 2-1.