Fútbol
02/09/2014
<big> ¡A LA GUERRA!</big>
A pocas horas del inicio de un partido trascendental en la historia del clásico platense, los triperos aguardan con ansias el pitazo inicial. El Bosque volverá a vestirse de azul y blanco y el equipo de <b>Pedro Troglio</b> deberá dejar la vida y mucho más dentro del rectángulo de juego. Gimnasia debe hacer valer su grandeza. <b>EDITORIAL</b>
Está de más decir que estos partidos hay que jugarlos con el corazón en la mano. Está de más decir que en estos partidos hay que desenfundar el alma y arremeter sin piedad contra todo color contrario que se mueva. Está de más decir que en estos partidos hay que atropellar al rival desde el primer pitazo. También está de más decir que se juega con dientes apretados y a cara de perro. Y está de más decir que en estos partidos los márgenes para el error no existen.
Sobre la mesa hay más que una clasificación en juego. Mucho más. Acá se apuestan pedazos de historia y páginas en blanco que las escribirán los que ganen. Acá no hay lugar para los lamentos ni para las dudas ni tampoco para los peros. Acá hay una sola opción: ganar. Ganar para los miles de corazones que laten galopantes con la ansiedad de un niño.
Se sabe: el Bosque otorga un plus extra. Porque la historia dice que Gimnasia es el Lobo y que el Lobo en su casa tiene que mostrar los dientes afiladísimos. Los pibes –este plantel está repleto de pibes– lo tienen en claro. Los grandes, quizás comprendan mejor la situación: partidos de este calibre determinan destinos.
La gente está expectante. Los medios armaron debates infinitos en la previa, se cansaron de hacer análisis y hablaron hasta el hartazgo de este choque que paraliza multitudes. En la semana, en cada rincón de la ciudad, en cada pulgada de cada calle y en cada plaza y en cada café, se hicieron presagios y apuestas y aseveraciones. Que lo ganamos, que está difícil, que se va a dar de ida y vuelta, que va a ser trabado porque ninguno lo quiere perder, que lo fundamental es mantener el arco en cero. Que este árbitro es malo y que es bueno. Que la presión la tienen unos y que la tienen otros.
Todo que obsoleto cuando la pelota empieza a rodar. Son noventa y tantos minutos con exclusividad de atención. Un gentío incalculable se nublará, se olvidará de los problemas cotidianos, de la vida diaria y personal y se concentrará únicamente en el vaivén de la pelotita.
Jugar como hinchas es la receta que suele resultar más eficaz en estos casos. Y también, hacerle sentir el rigor al otro. Asfixiarlo, sacudirlo, chocarlo, pisarlo. Siempre con inteligencia. Porque la inteligencia es pieza fundamental en estos tableros.
No hay tiempo. No hay más tiempo. No hay tiempo para especular. Es hora de materializar las ideas.
Es hora de pulverizar al rival. Es hora de ganar. Por la gente, por la historia, por la camiseta, por la ciudad. Gimnasia es inmenso y no se achica en ninguna. Es hora de rumbear hacia la guerra. Es hora de festejar en el Bosque y humillarlos y dejarlos sin nada.
Sobre la mesa hay más que una clasificación en juego. Mucho más. Acá se apuestan pedazos de historia y páginas en blanco que las escribirán los que ganen. Acá no hay lugar para los lamentos ni para las dudas ni tampoco para los peros. Acá hay una sola opción: ganar. Ganar para los miles de corazones que laten galopantes con la ansiedad de un niño.
Se sabe: el Bosque otorga un plus extra. Porque la historia dice que Gimnasia es el Lobo y que el Lobo en su casa tiene que mostrar los dientes afiladísimos. Los pibes –este plantel está repleto de pibes– lo tienen en claro. Los grandes, quizás comprendan mejor la situación: partidos de este calibre determinan destinos.
La gente está expectante. Los medios armaron debates infinitos en la previa, se cansaron de hacer análisis y hablaron hasta el hartazgo de este choque que paraliza multitudes. En la semana, en cada rincón de la ciudad, en cada pulgada de cada calle y en cada plaza y en cada café, se hicieron presagios y apuestas y aseveraciones. Que lo ganamos, que está difícil, que se va a dar de ida y vuelta, que va a ser trabado porque ninguno lo quiere perder, que lo fundamental es mantener el arco en cero. Que este árbitro es malo y que es bueno. Que la presión la tienen unos y que la tienen otros.
Todo que obsoleto cuando la pelota empieza a rodar. Son noventa y tantos minutos con exclusividad de atención. Un gentío incalculable se nublará, se olvidará de los problemas cotidianos, de la vida diaria y personal y se concentrará únicamente en el vaivén de la pelotita.
Jugar como hinchas es la receta que suele resultar más eficaz en estos casos. Y también, hacerle sentir el rigor al otro. Asfixiarlo, sacudirlo, chocarlo, pisarlo. Siempre con inteligencia. Porque la inteligencia es pieza fundamental en estos tableros.
No hay tiempo. No hay más tiempo. No hay tiempo para especular. Es hora de materializar las ideas.
Es hora de pulverizar al rival. Es hora de ganar. Por la gente, por la historia, por la camiseta, por la ciudad. Gimnasia es inmenso y no se achica en ninguna. Es hora de rumbear hacia la guerra. Es hora de festejar en el Bosque y humillarlos y dejarlos sin nada.