Fútbol
08/10/2013
DE VISITANTE, DEBERÁ CAMBIAR
El Lobo de Pedro Troglio muestra una cara cuando actúa en su casa y otra muy distinta cuando hace las veces de visitante. <b>OPINIÓN</b>
Siempre es mejor perder jugando a ganar que perder jugando a no perder. Cuando le toca salir de casa, Gimnasia pierde jugando a no perder.
El Lobo se agazapa en condición de visitante; le cede la pelota a los rivales y deja que jueguen y lo único que propone es un planteo mezquino que se desvanece ni bien le convierten. Allí todo se vuelve desorientación, todo deviene en un trámite desfavorable en el que el equipo de Pedro se asfixia en forma irremediable.
El Lobo no muerde fuera del Bosque: no por falta de armas futbolísticas sino por decisión propia. Gimnasia es un ente que divaga en las canchas ajeas con la única consigna de que los minutos corran y de hallarse sobre el final con su valla en cero, algo que, no es casual, nunca pudo conseguir en este torneo.
Lo que Gimnasia cosecha puertas adentro, lo despilfarra cada vez que le toca actuar afuera. Hasta el momento, el Lobo ha sabido compensar los puntos dilapidados en territorio ajeno con una campaña magnífica en su reducto del Bosque: allí se impuso ante todos en el marcador, salvo con Godoy Cruz, partido que el equipo de Troglio mereció ganar pero donde debió conformarse con repartir unidades.
Si el Lobo obligara más a sus rivales cuando es visitante, si no se asumiera inferior desde el vamos, si les faltara el respeto aunque sea un poco, el saldo estadístico sería mucho más promisorio de lo que es hoy.
Es cierto que, por ahora, a Gimnasia le alcanza para mantener el cumplimento del objetivo primario en el salón de las altas probabilidades. ¿Pero hasta cuándo? Porque el día en que al Lobo le toque perder en su casa, tendrá que compensar la derrota afuera. Es por eso que Pedro Troglio debe replantearse el perfil del equipo en cada una de las excursiones que le quedan en este campeonato. O por lo menos, atinar a la elaboración de planteos más ambiciosos y que logren moverles el piso a los rivales. Si no, éstos no dejarán de jugar ante un equipo sin alma ni ideas, que regala la pelota y apuesta a contragolpes que nunca llegan. Los rivales jugarán con suma tranquilidad, a sabiendas que tienen 90 minutos para abrir el marcador y, cuando ese momento llegue, el partido estará casi liquidado.
El choque con Belgrano fue un claro ejemplo de que el libreto que nos llevó al ascenso todavía sirve y se mantiene vigente. Gimnasia salió a jugar con poca animosidad pero se vio obligado al giro de timón cuando a los cinco minutos de juego ya estaba abajo. Con Newells y San Lorenzo se dio la lógica pura: el Lobo perdió. Pero el foco no está en el qué sino en el cómo: Gimnasia hizo dos papelones idénticos. Con Estudiantes, es otra historia. Allí Troglio no tenía otra opción: era salir a morder como fuera porque nadie habría perdonado una actitud timorata en el clásico. Y, vaya casualidad, fue una actuación brillante que sólo pudo opacar el impresentable de Laverni.
Los argumentos están sobre la mesa: siempre que Gimnasia juega con miedo a perder, pierde. Hay que cambiar la imagen de visitante y los resultados serán sorprendentes. Se puede, porque este equipo tiene con qué.
Agustín Colianni
El Lobo se agazapa en condición de visitante; le cede la pelota a los rivales y deja que jueguen y lo único que propone es un planteo mezquino que se desvanece ni bien le convierten. Allí todo se vuelve desorientación, todo deviene en un trámite desfavorable en el que el equipo de Pedro se asfixia en forma irremediable.
El Lobo no muerde fuera del Bosque: no por falta de armas futbolísticas sino por decisión propia. Gimnasia es un ente que divaga en las canchas ajeas con la única consigna de que los minutos corran y de hallarse sobre el final con su valla en cero, algo que, no es casual, nunca pudo conseguir en este torneo.
Lo que Gimnasia cosecha puertas adentro, lo despilfarra cada vez que le toca actuar afuera. Hasta el momento, el Lobo ha sabido compensar los puntos dilapidados en territorio ajeno con una campaña magnífica en su reducto del Bosque: allí se impuso ante todos en el marcador, salvo con Godoy Cruz, partido que el equipo de Troglio mereció ganar pero donde debió conformarse con repartir unidades.
Si el Lobo obligara más a sus rivales cuando es visitante, si no se asumiera inferior desde el vamos, si les faltara el respeto aunque sea un poco, el saldo estadístico sería mucho más promisorio de lo que es hoy.
Es cierto que, por ahora, a Gimnasia le alcanza para mantener el cumplimento del objetivo primario en el salón de las altas probabilidades. ¿Pero hasta cuándo? Porque el día en que al Lobo le toque perder en su casa, tendrá que compensar la derrota afuera. Es por eso que Pedro Troglio debe replantearse el perfil del equipo en cada una de las excursiones que le quedan en este campeonato. O por lo menos, atinar a la elaboración de planteos más ambiciosos y que logren moverles el piso a los rivales. Si no, éstos no dejarán de jugar ante un equipo sin alma ni ideas, que regala la pelota y apuesta a contragolpes que nunca llegan. Los rivales jugarán con suma tranquilidad, a sabiendas que tienen 90 minutos para abrir el marcador y, cuando ese momento llegue, el partido estará casi liquidado.
El choque con Belgrano fue un claro ejemplo de que el libreto que nos llevó al ascenso todavía sirve y se mantiene vigente. Gimnasia salió a jugar con poca animosidad pero se vio obligado al giro de timón cuando a los cinco minutos de juego ya estaba abajo. Con Newells y San Lorenzo se dio la lógica pura: el Lobo perdió. Pero el foco no está en el qué sino en el cómo: Gimnasia hizo dos papelones idénticos. Con Estudiantes, es otra historia. Allí Troglio no tenía otra opción: era salir a morder como fuera porque nadie habría perdonado una actitud timorata en el clásico. Y, vaya casualidad, fue una actuación brillante que sólo pudo opacar el impresentable de Laverni.
Los argumentos están sobre la mesa: siempre que Gimnasia juega con miedo a perder, pierde. Hay que cambiar la imagen de visitante y los resultados serán sorprendentes. Se puede, porque este equipo tiene con qué.
Agustín Colianni