Fútbol

EL REGRESO DE LOS LOCOS

El Lobo y su hinchada desataron una fiesta sin igual en el Mario Alberto Kempes y Córdoba se tiñó de azul y blanco. <b>CRÓNICA</b>

Es martes por la tarde. Plena jornada laboral. Córdoba, la ciudad de Córdoba, queda lejos de La Plata: 766 kilómetros de ruta; en una valoración poco arriesgada puede hablarse de ocho horas de viaje.

El grueso de la caravana tripera comenzó a patear desde bien temprano. Diez mil locos –de seguro, unos cuantos más– movilizados por algo tan simple y complejo como lo es la pasión, no quisieron perderse la movida: hay quienes hablan de más de cincuenta bondis, un poco menos de combis, bastante más de autos particulares, y casi treinta aviones. Todo quedó chico.

Y los locos, intrépidos, van pisando suelo cordobés. Hace dos años una helada demoledora los azotó en San Juan, cuando Gimnasia perdió con San Martín y se volvió a La Plata con más dudas que certezas, con el corazón en una mano, con una visión borroneada y casi muerta de la Primera División del Fútbol Argentino. La situación ahora se da a la inversa: esos enfermos de la cabeza, enfermos por el Lobo, aguardan por el regreso al lugar que les corresponde por historia y grandeza.

Nada puede salir mal porque el ascenso está a la vuelta de la esquina. En lo alto, las sierras asoman atiborradas por un sol radiante que cae suave desde el centro del cielo. Los primeros contrastes azules y blancos empiezan a divisarse entre las calles de la inmensa ciudad. Hay de todo: familias enteras, pibes enfundados en grandes trapos con los colores del mar; ancianos, hombres, mujeres. Hay griterío y alboroto; hay mitades de botellas de plástico rebalsadas de fernet; cantos, agites, saludos. Fiesta. Desde temprano, hay fiesta. Los lugareños observan y no entienden bien. Alguien debería avisarles que a la ciudad de Córdoba está llegando un pueblo azul y blanco encantado, una extensa y curiosa cofradía de chiflados que le escapan al concepto de la sensatez: está llegando Gimnasia.

Hay noticias desde Junín: Sarmiento derrota 2 a 0 a Defensa y Justicia.

-¿Y si hoy no se nos da? –dice uno de los locos con cierta disfonía, en las puertas del hotel Windsor, donde un tropel de triperos se congrega para apoyar a los protagonistas principales de esta historia.

-¿Qué importa? –le responde otro con birra en mano. La premisa es clara: igual que siempre, el resultado es lo de menos.

El hotel Windsor está en pleno centro cordobés. Allí, un mar de vehículos camuflados con banderas azules y blancas avanza a paso lento por la calle Buenos Aires. Hay bocinazos y un griterío que por momentos ensordece. El “Dale Lobo” es el grito de cabecera, y se hace más elocuente y ríspido cuando los primeros integrantes del plantel asoman tras la puerta. Y salen: la muchedumbre se agolpa contra la vereda y forma un embudo que los jugadores atraviesan como pueden en dirección al micro que los llevará hasta el Mario Alberto Kempes.

-¡Vamos Mono! –grita alguien. Monetti esquiva manotazos y devuelve el saludo con una sonrisa. Lo mismo sucede con Franquito Mussis, con Nachito Fernández, con Facundo Oreja; lo mismo sucede con todos. Y uno de los últimos es Pedro Troglio, quien se lleva la ovación máxima.
El micro está completo y ya rumbea hacia la cancha. La muchedumbre se dispersa con desespero veloz: cada cual busca su transporte y todos parten hacia donde se resolverá la suerte tripera.

El Mario Alberto Kempes está más que listo para la ocasión. Desde bien temprano, el pelotón tripero hace cola y forma una larguísima fila que avanza a paso rápido en las inmediaciones del gigante.
Una voz álgida trae la primera gran noticia del día:
-¡Terminó Sarmiento! ¡Dos a dos! –grita con locura. Los demás aplauden, sonríen; algunos se persignan, otros se entusiasman y la esperanza más sólida se apodera de cada uno de ellos.

La tribuna visitante del Kempes es inmensa como pocas pero a la gente de Gimnasia le queda chica. Cuando Pedro Argañaraz da el pitazo inicial la expectativa toma el protagonismo y se adueña de la escena.

Gimnasia se planta bien en la cancha. Sale a buscar el partido de entrada y acorrala a Instituto. Pese a que sabe que con el empate le alcanza, la premisa es ganar. Rebotes van, rebotes vienen, la pelota se abstiene de besar la red. Pero como la historia manda, también hay que sufrir, y es ahí cuando emerge con luz propia la figura del Mono, que se desparrama por el césped reiteradas veces para dejar en claro que la valla está a salvo.

En eso, nadie sabe cómo, pero el caudillo Barsottini recibe una habilitación inaudita de Franquito Mussis, se filtra por la derecha y mete un centro formidable para la llegada de Pereyra, el Gordo goleador, el que no se anda con vueltas a la hora de las definiciones. ¡Pumba! Cabezazo y adentro. El grito de gol retumba en todo Córdoba como si se tratara del último. “¡Vamos a volver!”, entonan los diez mil locos desde una tribuna desmoronada. Gimnasia está arriba y va por más. Y efectivamente, hay más, porque Oliver Benítez saca chapa, infla el pecho y se toma revancha de aquella noche funesta en San Juan cuando la mandó a guardar en el arco de Monetti. El pibe cabecea, la pelota pasa a Chiarini y el defensor tripero lo grita con el alma. La tribuna delira, explota y revienta, y los diez mil locos desatan la juerga. Ya todos saben que el segundo tiempo estará de sobra y que el destino finalmente le acaba de guiñar el ojo a un Lobo que pasó las mil y una tempestades.

En el entretiempo la fiesta no cesa. Hay plena convicción de que hoy es el día del retorno tan esperado. Quedan 45 minutos para gozar y soñar con un futuro promisorio, para elevar el grito sagrado del pueblo más fiel y vaticinar que pronto vendrán las buenas y las mejores. Gimnasia quiere retomar el rumbo perdido hace exactamente dos años y no está dispuesto a estirar la agonía.

Alguien se pone el último Marlboro en la boca; otro levanta los brazos, mira al cielo y le agradece a quién sabe quién el hecho de estar ahí; hay miles con el torso desnudo revoleando lo que tenían puesto; están los que gimotean, hay pieles que se erizan y el “Dale Lobo” retumba incesante. Argañaraz le pide la pelota al Mono. Troglio mira de soslayo al banco de suplentes, gira y corre para abrazar al que tiene más cera. El punto se abraza al final. Y Gimnasia respira Primera División.

En las afueras del Kempes un cielo negro se sacude con fuegos de artificio. Los bondis, otra vez repletos, comienzan la peregrinación de regreso a la ciudad de las diagonales. Habrá quienes no podrán dormir de la emoción, y Gimnasia ocupará las páginas de los medios del mundo.

Puede decirse que fue un trayecto arduo y que dejó moretones. ¿Pero quién les quita tamaña felicidad a esos locos desencadenados que hoy volverán a La Plata con una sonrisa de oreja a oreja? Bailen, triperos, bailen hasta el amanecer que las cosas han quedado en el lugar que corresponde. Y el Lobo también bailará, y aullará más que nunca en dirección a la luna.


Agustín Colianni