Fútbol

TOSCANITO ESPERA

En el 2012 se cumplieron 30 años de un episodio triste en la vida de Gimnasia: la lesión de Luis Alberto Roselli.<b> CRÓNICA DE UN HÉROE TRIPERO</b>

Pleno Barrio Mondongo, cuna de pura cepa tripera. Allí, a mitad de cuadra, en su departamento de calle 64 entre 1 y 115, Luis Alberto Roselli abre la puerta camuflado de Gimnasia. Toscano –así le dicen–, resalta mi impuntualidad: -Pensé que no venías más –dice. Está vestido como para jugar un picado. Todo del Lobo: pantalón corto y medias casi hasta las rodillas. Zapatillas blancas de lona, termo bajo el brazo, y mate.

-Vamos acá al lado para estar más tranquilos. –Roselli habla sin eses y con voz picada, como de fumador, aunque no fuma. Es locuaz. Con cierta dificultad –no lleva el bastón de siempre y por eso renguea– se dirige hacia un pequeño patio, al fondo de una especie de quincho desordenado, donde hay un piletón con agua podrida, una parrilla engrasada de anoche y plantas de todo tipo, en macetas, que emergen en los rincones.

-A éstas las planto yo –comenta. Es un perímetro pequeño pero tranquilo, a la sombra. En lo alto, un cielo limpio. Roselli se sienta en el borde del piletón, cede un banquito de plástico y da rienda suelta a su interminable verbosidad.

UNA COSA COMO CALIENTE

Gimnasia y Deportivo Armenio se cruzaron sólo catorce veces en toda la historia; siempre en una de las dos principales categorías de AFA. La quinta vez, la tarde invernal del 26 de junio de 1982, un Bosque helado se hizo silencio cuando a Roselli lo sacaron a cuestas. La escena pudo haber paralizado a cualquier sabiondo del buen fútbol: ese delantero atrevido, encarador, punzante y ágil y veloz y escurridizo como pocos, se había jodido la rodilla derecha. Roselli describe el fatídico segundo:

-Fue una tontera. Una trabadita. No fue de mala leche ni nada. Fue una cosa como caliente dentro del menisco y me dio un dolor bárbaro –cuenta.

Ese día el Lobo, que ambicionaba el regreso a la Primera División del Fútbol Argentino, cayó derrotado por 3 a 1. Un dato meramente anecdótico. Dos años después, en el ’84, Toscano vería desde las tribunas, sentado en una silla de ruedas y con la pierna derecha estirada y reposada, concretarse su sueño: final del Octogonal, victoria ante Racing en casa y pasaje directo y triunfal a la Primera A.

Distensión de ligamentos. Esa lesión diagnosticaron los médicos. Distensión de ligamentos: algo que, por aquel entonces, la ciencia ya conocía y sabía cómo tratar. Pero la distensión de ligamentos fue un problema mayor para Roselli: alguien tocó una arteria que no debía tocar y después vinieron dieciocho operaciones más; sucesivas, dolorosas, amargas.

-¿Ves? Mirá, no tengo pata yo ahí, ¿ves? –Roselli se baja la media de la pierna derecha, asoma una venda a la altura del gemelo y la levanta apenas para mostrar lo poco que queda de carne y músculos: el grosor de la pierna izquierda es el doble del de la derecha; enflaquecida, morada, gangrenada. Muerta.

-¿Por qué me pasó esto a mí? Yo fui el único que por una distensión de ligamento terminó con una pierna rota, una arteria rota, una arteria cortada -se lamenta Toscano. Roselli se toca el peroné casi desprotegido. Hueso puro con piel muerta arriba. Sector morado, como enfermo. Enorme cicatriz de película. Pero a la hora de hallar culpables, Toscanito, como le decían en el barrio cuando daba sus primeros pasos en La Barredora del ‘70 y comenzaba a realizar el sueño de proteger a diestra y siniestra la azul y blanca, tiene un nombre fijo al que no le pide demasiado: Héctor Atilio Delmar.

-Solamente un café –dice Roselli y suspira. No pretende más: una charla con el presidente de Gimnasia –ahora ex– que miró para otro lado aquel 29 de noviembre de 1982, cuando Toscano ingresó al quirófano convencido de que algunos meses más tarde podría volver a jugar a la pelota.

Todo lo que vino después fueron días de tormento perpetuo.

LOBO ESTÁ...

Roselli tiene barba entrecana de varios días. Habla de Gimnasia. Su gesto es serio, su mirada fija y penetrante y se deja adivinar cierta sonrisa en la comisura de sus ojos. Las retinas se le iluminan cuando menciona a su Lobo del alma. Todavía recuerda los domingos de fútbol, el trayecto de su casa a la cancha, los buenos días en que, de pibe, iba a triperear por los viejos tablones de 60 y 118. Viejos recuerdos, de los buenos, de los que no vienen en píldoras. Se acuerda del Lobo del ’62, aquel equipo de Adolfo Pedernera que se quedó a centímetros de la gloria. La voz del estadio y la canción de “Lobo está, Lobo está”. Y Luis Roselli salía disparado, hecho un misil desde su casa y rumbeaba hacia la cancha. Porque era eso: fútbol, triperío y ese no se sabe qué que tiene Gimnasia. Y ese mismo equipo que se desvaneció en la recta final, como siempre pasa, como si se tratara de una maldición irrevocable.

-A Gimnasia nunca va a terminar de pasarle lo peor. Porque en Gimnasia nadie sabe lo que es Gimnasia. Los dirigentes siempre fueron iguales. El “Ginasiá, Ginasiá”, nadie sabe bien qué es. Mirá. –Roselli me muestra la piel de gallina. Se le puso así por inercia nomás. Porque hablar del Lobo lo enloquece.

En 1970 fue José Varacka quien le dijo sin demasiados preámbulos: “Vas a jugar vos, pibe”. Y al pibe, a Toscanito, se le vino el mundo encima. Lo miró a Varacka con la seriedad de quien va a la guerra. Quedó como pollito mojado, con la estupefacción típica de los que alcanzan un sueño. Porque él quería jugar en Gimnasia, pese a que alguna vez lo habían tentado para llevarlo al otro equipo de la ciudad. ¿Pero cómo iba a aceptar semejante insulto a los valores que había heredado desde el vamos? Si por esas venas circula sangre azul y blanca, y lo demás no importa. O importa menos.

En aquellos tiempos “La Barredora” de José estaba para el título. Incluso Roselli admite que él creía que esa vez el campeonato no podía fugarse. Pero no. De nuevo brotaron las garras de ese destino lapidario que envuelve a Gimnasia y esa película de terror volvió a reproducirse por propia cuenta: al Lobo le faltaron cinco para el peso debido a cuestiones extra futbolísticas que no vienen al caso y debió conformarse, una vez más, con estancarse a escasos pasos del edén.

Lo cierto es que la carrera de Roselli fue un vuelo ascendente sin escalas. Las geniales actuaciones en el Lobo (una que quedará en la historia, con cuatro goles a Platense) hicieron aflorar un lazo irrompible con la hinchada tripera. El “¡Toscano corazón!” fue el grito de cabecera durante varios años. Más tarde Roselli recaló en Banfield, luego pasó por Vélez y después jugó en Universidad Católica de Chile. Allí fue ídolo absoluto: en 1977 marcó el mejor gol de su vida. Para muchos, uno de los mejores de la historia del fútbol. Si bien no existen cintas de video que lo atestigüen, sí hay quienes presenciaron la escena. ¿El entorno? Nada sencillo: un clásico contra la U de Chile. En diversos sitios de Internet cuentan la heroica jugada: Toscano metió una especie de chilena atijereada formidable, loca, casi desde la casa, que se clavó en uno de los ángulos superiores del arco rival.

Pero dicen que uno vuelve siempre a su primer amor, que es inevitable, que el Universo gira y se acomoda para que así suceda. Acaso por eso un día, con 30 años, Roselli decidió pegarse la vuelta para darle una mano a su querido Gimnasia. Una decisión fatal, pero de la que su esencia tripera aún no se arrepiente.

En los albores de los ochenta su innata camaradería lo llevó a una sede del Banco Provincia en La Plata. Iba a entregarles a unos conocidos algunas botellas de vino y un par de piscos. Allí un tipo, palabra va, palabra viene, le preguntó que si no quería volver a Gimnasia. Por aquella época el Lobo hacía algún par de años que militaba en la segunda categoría de AFA y necesitaba refuerzos como el agua.

-Eso me preguntó. Que si no quería volver a Gimnasia. Y yo le pregunté que cómo no iba a querer volver a Gimnasia. Y entonces ahí nomás se abrió una puerta y salió el Cabezón Di Luca –rememora Roselli.

El Cabezón Di Luca, contador público, le enseñó a Toscano el camino de regreso al Lobo. Y en menos de lo que dura un pestañeo Roselli estaba en la casa del por entonces presidente del Club, Coco Sánchez, finiquitando los números de su contrato.

-Era diez a uno comparado con lo que cobraba yo en Chile –cuenta Roselli. Pero poco le importó. El corazón tiró más; el sentimiento, esa debilidad por lo que uno ama, es inmutable. Y Roselli ama a Gimnasia. Acaso por eso hizo oídos sordos a los dirigentes chilenos que le rogaban que se quedara en la Universidad Católica.

-Yo les dije bien clarito: “Lo que pasa es que Gimnasia está mal, tiene que ascender y yo lo quiero ayudar” –cuenta.

Lo cierto es que para la gente de la Universidad Católica de Chile, la partida de Toscano pegó fuerte.

-Yo estaba muy bien ahí. En cierto momento era uno de los mejores y más queridos de la hinchada. Había mucho carisma con ellos.

-¿Y por qué te viniste?

-¿Que por qué me vine? Me vine por lo mismo que te hubieras venido vos.

-Por Gimnasia…

-Sí. Yo me vine por un sentimiento que tenía con Gimnasia y nada más. Creí que íbamos a ascender en el ‘81.

Pero Gimnasia no ascendió ese año, ni al siguiente, ni al siguiente.

EL MISMÍSIMO INFIERNO

Toscano anduvo enyesado un largo tiempo –40 días. Después le sacaron el yeso y comenzó con trabajos de pelota y rehabilitación. Se movía como pez en el agua pero sentía una extraña y dolorosa electricidad cuando le pegaba a la pelota.

-Era como si me clavaran un fierro caliente acá –cuenta y se toca el peroné con el dedo índice.

La sentencia de la ciencia fue clara y elocuente: había que operar. El 29 de noviembre de 1982 Roselli pisó por primera vez en su vida un quirófano con la firme convicción de que un par de meses después volvería a pisar una cancha de fútbol. Era lo único que siempre había querido. Pero Roselli volvió a su casa cuatro meses más tarde, el 14 de marzo de 1983, con la pierna derecha hecha trizas.

-A partir de ahí fui todos los días al médico durante dos años pensando que me iba a recuperar. Yo quería jugar en la plaza por lo menos con mis hijos. Pero perdí la movilidad de la pata. Nadie me dijo que no tenía la parte motora.

Lo que había sucedido era casi insólito: el médico que lo operó –Toscano no lo culpa bajo ningún punto de vista– fue recomendado por la dirigencia de Gimnasia de aquel entonces, encabezada por Norberto Coco Sánchez. Era un tal Limousín, un prestigioso traumatólogo que no le costaba un solo peso al Club a la hora de operar a los jugadores: era tripero y lo hacía gratis.

-Por eso me llevaron con él. Igual, era un fenómeno. Era como si te dijeran “che, Favaloro te va a operar del corazón, ¿vas? Y sí, cómo no voy a ir”. El tema es que después los dirigentes decían que yo había ido por mi propia cuenta a operarme con él. Mentira.

Limousín apoyó el bisturí en la arteria poplítea y ocasionó un daño irreversible para el cuerpo de Roselli. Después vinieron dieciocho operaciones más, la terapia intensiva, la gangrena y un dolor descomunal que ya lleva treinta años de persistencia.

-A veces me viene una electricidad que me desespera –comenta con la mirada perdida en el suelo del patio.

Los primeros años fueron sanguinarios.

-Fue como haber vivido en un infierno adentro de mi casa –dice Roselli. Lo más livianito que Toscano hacía para apaciguar el dolor, era agarrar las ventanas a trompadas, resquebrajar las puertas a puñetazos, desbandar la casa toda. Su mujer Esther, que por entonces tenía veinticinco años, se volvió una santa de notable coraje y aguantó las embestidas de un destino infame que había deparado para la familia entera la mismísima oscuridad: dolores y gritos y maltratos y cantidades superlativas de pastillas diarias. Medicamentos miles. Úlceras. Psiquiatras y neurólogos. Traumatólogos y cardiovasculares. La casa de los Roselli mutó de un hogar agradable en la pasarela del infierno.

-Una mujer de veinticinco años y que el Club no te dé remedios, no es para nada fácil –asegura Toscano y se traga el mate ya lavado.

Pero un hálito de luz emergió como si fuera una bendición que, en cierto modo, pudo equilibrar esa agonía desesperante: Jesucristo.

-Yo conocí a Jesucristo y me salvó la vida. Si no, yo podía por momentos pensar en matarme. Vos imaginate: si a vos no te pagan, no te asisten, es como que tu papá te abandonó. Como que mamá te abortó. O como que mamá te tuvo pero no te quiere. Si no encontrás a Dios, te tenés que pegar un tiro por el dolor.

Jesucristo fue la guía espiritual que Roselli adoptó para hacer frente a su hastío. Él dice, con firme convicción, que Dios le dio el amor suficiente para no guardarle rencor a nadie.

SOLAMENTE UN CAFÉ

Héctor Atilio Delmar tomó las riendas de Gimnasia en los albores de 1983, cuando rondaba los 55 años de edad. Hoy tiene 85 y todavía le debe una taza de café a Luis Roselli. Por aquellos tiempos el Lobo atravesó un revuelo institucional que se comió cuatro presidentes en dos años: después de Coco Sánchez desfilaron Alejandro Breccia, Mario Milazzo y Hugo Barros Schelotto. Después Delmar armó una lista, se presentó a elecciones y, por el voto de los socios, obtuvo la presidencia.

Delmar ignoró las angustias de Roselli; ignoró el suplicio de un ex jugador tripero al que se la había muerto la pierna jugando en el estadio del Bosque. Mil y una veces Toscano recurrió al Club para que le dieran algún tipo de ayuda: medicamentos, alguna mínima pensión. Algo. La respuesta se hizo esperar. La respuesta se hace esperar. La respuesta, posiblemente, se hará esperar.

-Yo siempre he esperado. Dios no quiera que le pase a otra persona y que el Club no la asista. Dios quiera que alguien entienda que a veces las personas son importantes. –Roselli despliega esa elocuencia con los ojos abiertos al extremo. Se para, camina. Renguea. Vuelve. Se sienta.

Héctor Atilio Delmar –o Cacho– se despidió de Gimnasia en 1989 (hubo reelección en el medio), retornó en 1992, se volvió a ir en 1998 (hubo reelección en el medio), retornó en el 2010 y se fue para siempre en el 2012 sin completar su mandato, con una carta de renuncia y con Gimnasia sumergido en la B Nacional.

Un día Roselli hizo lo que nunca había querido hacer, pero las alternativas se le habían agotado: le inició juicio al Club de sus amores.

-Casi pierdo el departamento. Debe ser el único juicio laboral en la historia mundial que se pierde. Era imposible perderlo –comenta.

A Toscano se le terminaron las opciones. No hay más caminos: solamente queda esperar. Como siempre hizo.

La última vez que Roselli se acercó a Cacho fue con la intención de concretar aquella charla, aquel café que se deben desde hace treinta años.

-Le dije que teníamos que hablar, que si se acordaba de mí, que nos debíamos una charla de tripero a tripero. Y me dijo que sí, que qué me parecían diez minutos. Y yo le dije que diez minutos no alcanzaban. Y me dijo que veinte minutos. ¿Veinte minutos? En veinte minutos no podés hablar sobre nada. Yo quería una charla de tripero a tripero. Pero ahí me di cuenta de que faltaba un tripero. Y me fui.

Luis Alberto Roselli todavía espera algún llamado. Pasaron muchas dirigencias. Algunas le prometieron ayuda, puestos de trabajo en el Club. Algo. Pero nunca nada se concretó y sólo brotaron las promesas incumplidas. Luis Alberto Roselli, Toscanito, dio todo por Gimnasia y a cambio no recibió más que indiferencia, penurias y una discapacidad. En la actualidad sigue firme junto al Lobo y con frecuencia se lo puede hallar en las cercanías del Bosque, hablando sobre Gimnasia con sus retinas iluminadas. Tiene una credencial especial para ingresar al estadio: naturalmente no se la otorgó el Club sino que es un certificado de discapacitado del Ministerio de Salud.

Hace treinta años que Toscanito espera que lo llamen. Hace treinta años que Luis Alberto Roselli no puede jugar a la pelota. Hace treinta años también, que el grito de “¡Toscano corazón!” ha dejado de oírse en el Bosque. Igual, el olvido no es colectivo: cualquier tripero de ley mínimamente memorioso, ya entrado en años, podrá evocar la picardía de aquel extremo derecho que superaba a sus rivales con la fiereza de un licántropo, y la sabiduría de aquel petiso fibroso que tuvo todo para llevarse el mundo por delante y resbaló en una jugada funesta. Y todo por seguir el pálpito de su corazón. Todo por defender a Gimnasia a capa y espada. Todo por Gimnasia; su Gimnasia: esa cosa amorfa que no se describe y que a menudo hiela las venas de sus fieles seguidores, que no claudican ni claudicarán jamás.

Agustín Colianni