Fútbol
26/10/2012
TRIBUNAS VACÍAS
El Lobo tendrá esta tarde sólo 3 mil ubicaciones en la inmensa tribuna visitante de la cancha de Huracán. Un papelón. <b>OPINIÓN</b>
El organismo de seguridad más inseguro. El que desorganiza en vez de organizar. El que desampara a los hinchas en lugar de protegerlos. El que a paso lento, como quien busca cizaña, aniquila un bastión irremplazable: la tribuna.
Otra vez resultó más sencillo eliminar los problemas en vez de solucionarlos. Otra vez le pifiaron. Que Gimnasia tenga 3mil localidades disponibles para visitar a Ferro es un absurdo. Que a la gente tripera le hayan cambiado de escenario tres veces en dos días es ridículo. Y que se les haya prometido 8mil lugares y, sobre el pucho, les hayan sacado 5mil, resulta una tomada de pelo con precedentes escasos.
Pero lo siniestro del asunto va mucho más allá de lo que es Gimnasia. Es decir: cosas como ésta no pasan solamente acá en La Plata; pasan en todos lados. En la última década los “organismos de seguridad” (todos) no han acumulado más que meros mamarrachos. Con notoria frecuencia lastimaron y lastiman al verdadero néctar del fútbol: el espectáculo tribunero, la hinchada, el folclore. Que el dos por uno, que los encendedores no, que las pilas y las radios no, que las entradas no se venden en la cancha el día del partido, que chau la pirotecnia y que los papelitos no se pueden entrar porque hacen daño y que las banderas de palo tienen que ser sin palo.
Es que por estos tiempos de inutilidad absoluta resulta mucho más fácil desligarse del trastorno que significa organizar un simple partido de pelota que apelar a la lógica, pensar un poco, organizar, y brindarle al público la oportunidad de ir a la cancha. Sentar el culo en una silla y diagramar un operativo acorde a las circunstancias.
Pero no. Reducen hasta cifras inéditas las capacidades de estadios monstruosos como el de Huracán porque no existe voluntad de trabajo. La mugre bajo la alfombra. Porque no se trata de seguridad; es una banal excusa: el trajín de ida y vuelta a las canchas de fútbol continúa siendo, hoy en día, tierra de nadie. El control no existe; tampoco, la libertad del hincha. Lo que sí existe es una lotería que de un momento a otro canta el desbande en los estadios trascendiendo a cualquier operativo de seguridad.
Ahí está el derecho de admisión que admite a los violentos, los operarios inoperantes y los policías negligentes. Y allí, en las tribunas, en el medio, en la mejor ubicación de todas, están esos violentos. Siempre: llueva, truene o haya habido treinta entradas disponibles para la hinchada toda.
Amos y dueños de la tribuna, los que realmente fundieron al fútbol para transformarlo en este ecosistema miserable de la mano de los que hoy se proclaman capaces de garantizar seguridad, siguen ahí. La familia queda excluida, el hincha queda excluido; los violentos, no: ellos gozan de beneficios ya inmaculados para el inconsciente social. Porque tienen más poder, incluso, que quienes les dan de comer.
¿Qué se logra reduciendo las capacidades de los estadios? Trabajar menos. Hoy en cancha de Huracán las tribunas estarán semivacías, en vano. Y el negocio del fútbol sigue y el único perjudicado es el hincha común. Y en un par de años la pelota rodará por la cancha y su rastro será seguido solamente por las cámaras de televisión. Y por los violentos admitidos por el derecho de admisión.
Agustín Colianni
Otra vez resultó más sencillo eliminar los problemas en vez de solucionarlos. Otra vez le pifiaron. Que Gimnasia tenga 3mil localidades disponibles para visitar a Ferro es un absurdo. Que a la gente tripera le hayan cambiado de escenario tres veces en dos días es ridículo. Y que se les haya prometido 8mil lugares y, sobre el pucho, les hayan sacado 5mil, resulta una tomada de pelo con precedentes escasos.
Pero lo siniestro del asunto va mucho más allá de lo que es Gimnasia. Es decir: cosas como ésta no pasan solamente acá en La Plata; pasan en todos lados. En la última década los “organismos de seguridad” (todos) no han acumulado más que meros mamarrachos. Con notoria frecuencia lastimaron y lastiman al verdadero néctar del fútbol: el espectáculo tribunero, la hinchada, el folclore. Que el dos por uno, que los encendedores no, que las pilas y las radios no, que las entradas no se venden en la cancha el día del partido, que chau la pirotecnia y que los papelitos no se pueden entrar porque hacen daño y que las banderas de palo tienen que ser sin palo.
Es que por estos tiempos de inutilidad absoluta resulta mucho más fácil desligarse del trastorno que significa organizar un simple partido de pelota que apelar a la lógica, pensar un poco, organizar, y brindarle al público la oportunidad de ir a la cancha. Sentar el culo en una silla y diagramar un operativo acorde a las circunstancias.
Pero no. Reducen hasta cifras inéditas las capacidades de estadios monstruosos como el de Huracán porque no existe voluntad de trabajo. La mugre bajo la alfombra. Porque no se trata de seguridad; es una banal excusa: el trajín de ida y vuelta a las canchas de fútbol continúa siendo, hoy en día, tierra de nadie. El control no existe; tampoco, la libertad del hincha. Lo que sí existe es una lotería que de un momento a otro canta el desbande en los estadios trascendiendo a cualquier operativo de seguridad.
Ahí está el derecho de admisión que admite a los violentos, los operarios inoperantes y los policías negligentes. Y allí, en las tribunas, en el medio, en la mejor ubicación de todas, están esos violentos. Siempre: llueva, truene o haya habido treinta entradas disponibles para la hinchada toda.
Amos y dueños de la tribuna, los que realmente fundieron al fútbol para transformarlo en este ecosistema miserable de la mano de los que hoy se proclaman capaces de garantizar seguridad, siguen ahí. La familia queda excluida, el hincha queda excluido; los violentos, no: ellos gozan de beneficios ya inmaculados para el inconsciente social. Porque tienen más poder, incluso, que quienes les dan de comer.
¿Qué se logra reduciendo las capacidades de los estadios? Trabajar menos. Hoy en cancha de Huracán las tribunas estarán semivacías, en vano. Y el negocio del fútbol sigue y el único perjudicado es el hincha común. Y en un par de años la pelota rodará por la cancha y su rastro será seguido solamente por las cámaras de televisión. Y por los violentos admitidos por el derecho de admisión.
Agustín Colianni