Fútbol
26/07/2012
NO INFLÓ EL PECHO
El Lobo vendió a Magallán en una suma modesta. Una movida errónea de la CD que venía haciendo un buen papel en el mercado. <b>OPINIÓN</b>
Al juicio de muchos, éste fue el mercado de pases más satisfactorio para Gimnasia en varios años. Al menos, a priori, uno intuye que el equipo más o menos se armó, que las finanzas se equilibraron un poco y que el Lobo tiene con qué para afrontar la ardua tarea de regresar a Primera División.
Gimnasia se reforzó de atrás hacia adelante y mantuvo cierta coherencia a la hora de desenvolverse en el plano de las negociaciones. Sin embargo, entre tanta cal, extraño era que no apareciera ni una pizca de arena: en este caso, la ya resuelta venta de Lisandro Magallán a Boca.
Uno, como hincha, podía intuir un cambio de rumbo, podía ilusionarse con ver zarpar de nuevo el barco, la tripulación intacta, renovada, con la fiel premisa de arriba a buen puerto a mediados del 2013. Pero no. Lejos de eso, la dirigencia dio un paso en falso.
¿Qué calibre de desesperación tenía Gimnasia como para vender a su joya más valiosa a un precio –a juzgar por la edad, categoría y proyección de Magallán– tan modesto (1.400.000 dólares por el 80% del pase)? ¿No era acaso que las finanzas se acomodaban y los sueldos se ponían al día? Si uno analiza la situación, puede hallar varios aspectos favorables que, al parecer, la comisión directiva obvió: primero, el interés que mostró Boca por llevarse al juvenil tripero no hace más que elevar la cotización de éste en un futuro no tan lejano, pongámosle, seis meses o un año. Segundo, la corta edad de Magallán y el oficio que ha mostrado, convence a cualquiera de que si se quedaba en Gimnasia su rendimiento iba a ser igual o mejor al que tuvo la temporada pasada, por lo que, en el peor de los casos, su valor iba a mantenerse intacto. Y tercero, que la apuesta que el Lobo tenía que hacer era de un riesgo escaso: bancar al futbolista seis meses más y correr el pequeño riesgo de que sufriera alguna lesión o tuviera malas actuaciones.
Boca apuró el trámite con afán de asegurarse la contratación de un futbolista (uno de los mejores defensores del Nacional B y capitán del seleccionado Sub 20) cuyo valor crece a pasos agigantados. Fenomenal fue la movida de Daniel Angelici y compañía, quienes divisaron los enormes atributos de Magallán y, en menos de lo que dura un pestañeo, hicieron una oferta. Ahora. No fuera a ser cosa que, seis meses o un año más tarde, se metiera en el medio un competidor extranjero y, por lo tanto, invencible dentro de los cuadriláteros económicos. Y ahora (es decir, hace más o menos un mes), cuando el Lobo necesitaba dinero como el aire. Pero después nadie les avisó a los dirigentes triperos que las reglas habían cambiado en un periquete. Y no por arte de la casualidad sino porque ellos mismos fueron los artífices de tal maniobra gracias a la venta de Casco, la recisión de contratos sumamente elevados, la limpieza general del plantel y la política de estipular un tope máximo de sueldos para los jugadores. El Lobo quedó en condiciones de darse algún lujo, como enviarle una negativa al club más poderoso del país y dilatar la transferencia de Magallán a la vez que se potenciaba su cotización en el mercado. Pero no. Gimnasia, cuando tuvo que inflar el pecho, no lo infló.
Como la historia manda, el Lobo se achicó en el plano de las negociaciones. Queda la sensación de que tuvo miedo de plantársele a un gigante como Boca. El desenlace de la historia, ni bien comenzó, ya era cantado: Boca haría su gran negocio mientras el Lobo se conformaría con migajas. Así sucede siempre. No es sorpresa. Pero como Gimnasia había comenzado con el pie derecho su andar por este mercado de pases, los hinchas podían esperanzarse con que el final de la novela de Magallán no fuera idéntico (o al menos muy similar) al de las novelas de Rinaudo, Aued, Castro, Cuevas y siguen las firmas.
La venta de Magallán escapa a todo rasgo razonable. Es una picardía. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que de la cantera del club surja un baluarte tan enorme? Eso no importa mientras ingrese casi un palo y medio de dólares. Lo demás, como por qué nunca se preserva el patrimonio legítimo del club, después lo discutimos.
Agustín Colianni
Gimnasia se reforzó de atrás hacia adelante y mantuvo cierta coherencia a la hora de desenvolverse en el plano de las negociaciones. Sin embargo, entre tanta cal, extraño era que no apareciera ni una pizca de arena: en este caso, la ya resuelta venta de Lisandro Magallán a Boca.
Uno, como hincha, podía intuir un cambio de rumbo, podía ilusionarse con ver zarpar de nuevo el barco, la tripulación intacta, renovada, con la fiel premisa de arriba a buen puerto a mediados del 2013. Pero no. Lejos de eso, la dirigencia dio un paso en falso.
¿Qué calibre de desesperación tenía Gimnasia como para vender a su joya más valiosa a un precio –a juzgar por la edad, categoría y proyección de Magallán– tan modesto (1.400.000 dólares por el 80% del pase)? ¿No era acaso que las finanzas se acomodaban y los sueldos se ponían al día? Si uno analiza la situación, puede hallar varios aspectos favorables que, al parecer, la comisión directiva obvió: primero, el interés que mostró Boca por llevarse al juvenil tripero no hace más que elevar la cotización de éste en un futuro no tan lejano, pongámosle, seis meses o un año. Segundo, la corta edad de Magallán y el oficio que ha mostrado, convence a cualquiera de que si se quedaba en Gimnasia su rendimiento iba a ser igual o mejor al que tuvo la temporada pasada, por lo que, en el peor de los casos, su valor iba a mantenerse intacto. Y tercero, que la apuesta que el Lobo tenía que hacer era de un riesgo escaso: bancar al futbolista seis meses más y correr el pequeño riesgo de que sufriera alguna lesión o tuviera malas actuaciones.
Boca apuró el trámite con afán de asegurarse la contratación de un futbolista (uno de los mejores defensores del Nacional B y capitán del seleccionado Sub 20) cuyo valor crece a pasos agigantados. Fenomenal fue la movida de Daniel Angelici y compañía, quienes divisaron los enormes atributos de Magallán y, en menos de lo que dura un pestañeo, hicieron una oferta. Ahora. No fuera a ser cosa que, seis meses o un año más tarde, se metiera en el medio un competidor extranjero y, por lo tanto, invencible dentro de los cuadriláteros económicos. Y ahora (es decir, hace más o menos un mes), cuando el Lobo necesitaba dinero como el aire. Pero después nadie les avisó a los dirigentes triperos que las reglas habían cambiado en un periquete. Y no por arte de la casualidad sino porque ellos mismos fueron los artífices de tal maniobra gracias a la venta de Casco, la recisión de contratos sumamente elevados, la limpieza general del plantel y la política de estipular un tope máximo de sueldos para los jugadores. El Lobo quedó en condiciones de darse algún lujo, como enviarle una negativa al club más poderoso del país y dilatar la transferencia de Magallán a la vez que se potenciaba su cotización en el mercado. Pero no. Gimnasia, cuando tuvo que inflar el pecho, no lo infló.
Como la historia manda, el Lobo se achicó en el plano de las negociaciones. Queda la sensación de que tuvo miedo de plantársele a un gigante como Boca. El desenlace de la historia, ni bien comenzó, ya era cantado: Boca haría su gran negocio mientras el Lobo se conformaría con migajas. Así sucede siempre. No es sorpresa. Pero como Gimnasia había comenzado con el pie derecho su andar por este mercado de pases, los hinchas podían esperanzarse con que el final de la novela de Magallán no fuera idéntico (o al menos muy similar) al de las novelas de Rinaudo, Aued, Castro, Cuevas y siguen las firmas.
La venta de Magallán escapa a todo rasgo razonable. Es una picardía. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que de la cantera del club surja un baluarte tan enorme? Eso no importa mientras ingrese casi un palo y medio de dólares. Lo demás, como por qué nunca se preserva el patrimonio legítimo del club, después lo discutimos.
Agustín Colianni