La lesión de Romea trae consigo la apertura de un interrogante bastante familiar: ¿debe Gimnasia sumar más jugadores a sus filas?
Los años que pasaron recientemente fueron los peores en mucho tiempo y en todo sentido. Y una de las causas que condujo al Lobo hacia las puertas del descenso fue la política ilógica y por tanto irrazonable de incorporar por incorporar, haciendo foco en lo barato que, en términos económicos, resultaban ciertos jugadores.
Por mucho tiempo se habló de refuerzos para referirse a meras incorporaciones. Subrayando solamente los delanteros que se trajeron en los últimos seis años, la lista es larga y, por lo tanto, elocuente: Sergio Leal, Germán Herrera, Diego Alonso, Luis Quinteros, Franco Niell, Roberto Sosa, Denis Stracqualursi, José Vizcarra, Marco Pérez, Sebastián Ereros, Álvaro Navarro, Gastón Casas, Jorge Córdoba, Claudio Graf, Germán Pacheco, Guillermo Barros Schelotto, Franco Mendoza, Líber Quiñones y Gonzalo Vargas.
Del pelotón de artilleros señalado (19 futbolistas), solamente uno pagó a Gimnasia con una suculenta cuota de gol: Marco Pérez, quien convirtió 11 goles en 27 partidos y salvó al Lobo de Diego Cocca del descenso. Los números del resto son escalofriantes. Exceptuando algunos casos especiales de jugadores que, pese a no contar con un alto promedio de gol, sus contrataciones valieron la pena, como la vuelta de Guillermo Barros Schelotto (3 goles en 20 partidos), el paso de Franco Niell (6 goles en 31 cotejos), y los regresos de Diego Alonso (6 goles en 38 partidos, y además fue decisivo en los últimos encuentros del Clausura 2009) y Gonzalo Vargas (3 tantos en 16 cotejos, aunque se espera que el uruguayo vuelva a ser el de antes y cuenta con el total apoyo de la gente del Lobo) el resto sólo ha servido para postergar el surgimiento de juveniles y sumergir a Gimnasia en el agobio de no poder penetrar redes rivales con frecuencia.
De todos ellos, quienes más aportaron fueron José Vizcarra (con 9 goles pero en un total de 43 partidos) y Jorge Córdoba, marcando 5 tantos en 27 encuentros. Hubo tres futbolistas que no marcaron goles (Quinteros, Ereros y Pacheco), dos que sólo anotaron una vez (Herrera y Quiñones) y tres que se despidieron de Gimnasia con la triste suma de dos tantos (Sosa, Navarro y Casas). Los demás, pese a haber hecho algo más decoroso, también rozaron la mediocridad y se sumergieron en la insuficiencia: Leal (5 goles en 40 partidos), Straqcualursi (6 goles en 46 partidos) y Graf (4 tantos en 26 cotejos). Un análisis aparte merece Franco Mendoza, quien tras una segunda mitad de año mala donde sólo había marcado en la primera fecha del Torneo Nacional B ante Atlético Tucumán, tuvo una especie de consuelo al anotar 2 tantos en los tramos finales de la competencia: uno ante Desamparados de San Juan por la Copa Argentina y otro ante Huracán en el último partido del 2011 (en ambas ocasiones sus conquistas le brindaron la victoria al Lobo), lo que hace un total de 3 goles en 8 encuentros disputados.
Los resultados invitan al asombro pero a la vez explican el porqué del desventurado final que, por decantación de un sinnúmero de errores como éste, sufrió Gimnasia. No sólo que ninguna de las comisiones directivas que se sucedieron una tras otra durante este lapso de tiempo divisó uno de los principales problemas que habían aquejado al Club en la anterioridad sino que lo profundizaron.
Así, largos años de tropiezos contra una misma piedra en materia de refuerzos ayudaron a depositar a Gimnasia en el lugar que hoy está y del cual lucha por salir. Dista mucho de la sensatez buscar salvar esta situación con la misma estrategia que la forjó. Es ilógico, de una irresponsabilidad enorme. Para decirlo con más simpleza: un equipo de fútbol que descendió de categoría tras varios años de incorporar jugadores baratos que no aportaron más que problemas, relegando a las jóvenes promesas y haciendo perder al Club un caudal de dinero, no puede pretender volver a Primera División haciendo exactamente lo mismo. Es decir: no puede pretender volver a Primera División incorporando jugadores baratos que muy probablemente no aporten más que problemas, releguen a las jóvenes promesas y le hagan perder al Club un caudal de dinero. Es absurdo y disparatado.
Si no hay dinero para solventar los costos de un delantero que garantice una determinada cantidad de goles y un salto significativo de calidad al equipo, siempre es mejor quedarse con lo que se tiene. Apostar al semillero propio y, de una vez por todas, dejar de pensar que lo de afuera es mejor que lo de adentro. Gimnasia tiene con qué: la mayoría de los juveniles que hoy forman parte del plantel cuenta con un futuro enorme. Sólo es cuestión de pulirlos y darles la confianza que todavía no les han dado. Porque debieron saltar a la cancha en uno de los peores momentos de la historia del Club, después de haber sido relegados por mucho tiempo por jugadores mediocres que vinieron de paseo y se fueron por la puerta de atrás con bolsillos llenos pero sin una pizca de reconocimiento.
Hoy la lesión de Romea invita a la reflexión. Hasta el momento la única contratación fue la de Nicolás Cabrera, sin duda un refuerzo de oro para el elenco de Pedro Troglio. Ése es el camino a seguir: sumar futbolistas que no vengan a probar suerte. Rodrigo Salinas se asoma como posible incorporación. Nadie duda de que si llega jerarquizará el plantel. Entonces es él o nadie. Es en vano traer lo que ya hay.